No se si era por que enfrente nuestro, casualmente, había unos cuantos espectadores famosos televisivos que tuvieron su apogeo en mi infancia de treintañero, o por el propio regusto añejo del Circo Raluy, pero el Price me pareció en blanco y negro como aquella tele que nos parió.
Asistimos al estreno del Circo Raluy que se presentó con toda su parafernalia de circense: al parecer desfilaron con su caravana de carromatos antiguos por el Madrid del siglo XXI, representaron su papel de compañía familiar y nos mostraron su idiosincracia patrimonial, casí de museo etnológico.
España siempre ha sido un país de radicalismos, también se dice de contrastes: o nos cargamos nuestro pasado sin ningún miramiento o conservamos y practicamos tradiciones prerromanas con la normalidad de quien se va de cañas. El Circo Raluy, tiene algo de esta rareza, es una asombrosa burbuja en el tiempo, un sueño romántico y maravilloso que revive el pasado para nuestros sensibles y llorosos ojos. Un modo exclusivo de acercarse al espectáculo puro, patético, al aplauso, al grito y al nudo en la garganta. Olé por la familia Raluy.
sep
20
en
1:57
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